Road trip en Portugal. De Lisboa a Oporto en 8 días

Actualizado: 21 de sep de 2019

Durante los 8 días que dedicamos a recorrer Portugal descubrimos la riqueza cultural, gastronómica, natural y arquitectónica de este país que, por su geografía, es perfecto para recorrer en coche de punta a punta, un concepto parecido al que habíamos hecho el verano anterior con nuestra ruta por Croacia.

Portugal nos cautivó

Cada parada, cada ciudad, cada lugar que visitamos nos aportó algo diferente. Además, el trato que recibimos por parte de los portugueses fue excelente. A continuación proponemos un recorrido, pero este país ofrece tantas alternativas como viajeros lo visitan.


DÍA 1. PARADA EN MÉRIDA Y LLEGADA A LISBOA


Aprovechando que veníamos conduciendo desde Valencia, y que habíamos salido muy temprano, decidimos parar a comer en Mérida y visitar los puntos más importantes de la capital extremeña en las pocas horas de las que disponíamos, antes de continuar nuestro camino hacia Lisboa.

Museo de Arte Romano de Mérida, de Rafael Moneo

Por supuesto, vimos el Teatro Romano, el símbolo de la ciudad, un lugar que sorprende por lo bien que ha sobrevivido al paso del tiempo y que deja entrever la importancia que Augusta Emérita tuvo en el Imperio Romano.


El otro lugar que no podíamos dejar pasar sin visitar era el Museo Nacional de Arte Romano. Por un lado nos interesaba ver lo que sus salas contenían, pero principalmente queríamos admirar su arquitectura, perfectamente integrada con el resto de la ciudad y con las piezas que allí se muestran, gracias al trabajo del arquitecto navarro Rafael Moneo.


Pero esto no nos distrajo de nuestro objetivo del día, que no era otro que llegar a Lisboa. Y lo hicimos cuando ya prácticamente estaba anocheciendo, así que, tras dejar las maletas en el hotel, salimos hacia la Praça do Comércio, uno de los centros neurálgicos de la capital de Portugal.


Dimos un paseo por la plaza iluminada, disfrutando del fresco de la noche a orillas del río Tajo y haciendo tiempo antes de acudir a cenar al restaurante que nos había recomendado nuestra amiga Carol, una encantadora hamburguesería gourmet llamada Café do Rio, donde cenamos muy a gusto antes de retirarnos a descansar.


DÍA 2. LISBOA


El ambiente bohemio de Lisboa ya nos había empezado a gustar en nuestra primera toma de contacto, y el segundo día que pasamos en la capital lusa no hizo más que confirmar nuestras sospechas. Iniciamos nuestro recorrido en la Praça de Pedro IV, una ajetreada plaza rodeada de edificios históricos que marca el inicio de las diferentes calles paralelas que conducen a orillas del río Tajo.

Elevador de Santa Justa, Lisboa

Antes de dirigirnos de nuevo hacia la Praça do Comércio tomamos el elevador de Santa Justa, un ascensor desde cuya parte más alta se puede disfrutar de unas vistas magníficas de la ciudad.


Bajamos para caminar por la vía Augusta, una calle peatonal con un precioso pavimento que nos llevó de nuevo a encontrarnos con el río, tras cruzar completamente el barrio de Baixa.


Ya en el límite entre la ciudad y el río, nos sentamos a relajarnos mirando en dirección a la enorme desembocadura del Tajo, donde pudimos contemplar una de las más icónicas imágenes de Lisboa, el Puente 25 de Abril y el Cristo Rey, solo 2 metros más pequeño que el famoso Cristo Redentor de Rio de Janeiro.


Desde ese punto miramos hacia el este, atraídos por la colina que apenas se dejaba ver por encima de los edificios de la plaza. En lo alto, vigilando esta zona de Lisboa, el Castelo S. Jorge nos esperaba para ofrecernos de nuevo unas panorámicas de infarto de la ciudad, cuya diferencia de altura no hacen más que remarcar la belleza caótica de la capital portuguesa.

Via Augusta, Lisboa

Esta colina, la más alta de la urbe, nos marcó el camino hacia el que debíamos dirigirnos, en este caso al oeste, hacia el encantador barrio de Belem. Sin embargo, no pudimos resistirnos a hacer una parada previa para tomar un helado en Santini, cerca del elevador de Santa Justa. A continuación tomamos el tranvía hacia Belem, lo que resultó toda una experiencia por la belleza de los tradicionales vagones lisboetas.


La Torre de Belem llama la atención inmediatamente una vez bajas del tranvía. Este edificio ha servido como faro, como prisión y como fortaleza, y parece estar enfocado hacia el océano, con un aire casi desafiante. No muy lejos, el Padrão dos Descobrimentos, erigido en honor a Enrique el Navegante, es una gran representación del carácter explorador del pueblo portugués.


Pero lo que sí que no debe hacer nadie es irse de Belem sin antes pasar por la tienda de Pasteis de Belem y tomar uno de estos golosos dulces típicos, cuya receta secreta es conocida por pocas personas en el mundo. Una vez recorrido Belem, regresamos al centro de Lisboa para cenar bacalhau à brás en uno de los tradicionales restaurantes locales y retirarnos a descansar para continuar la ruta al día siguiente.


DÍA 3. SINTRA Y PENICHE


El plan para este tercer día implicaba casi 3 horas de coche, ya que queríamos visitar Sintra por la mañana, y llegar a dormir a Leiria haciendo una parada intermedia en Peniche.


Salimos temprano de Lisboa para poder visitar el Palacio de Queluz lo más temprano posible. Este palacio real, conocido como el Versalles portugués, fue construido en el siglo XVIII y destaca por sus cuidados jardines.

Palacio de Queluz

Visto el primer palacio del día, nos dirigimos al principal objetivo de la mañana, el Palacio de la Pena, en Sintra. Es quizá uno de los lugares más turísticos de Portugal. Nos dimos cuenta cuando, aún lejos de llegar, tuvimos que dejar el coche aparcado a un lado de la carretera ya que no nos podíamos acercar más. Caminamos cuesta arriba durante unos cuantos minutos, con lo que llegamos arriba un poco agotados. Esto, unido a la cantidad de gente que se apelotonaba para sacar la mejor foto de las paredes de colores, nos agobió un poco, y deslució la visita.

Cabo Carvoeiro, Peniche

Pero estas pequeñas decepciones viajeras se llevan mejor con un plato delante. Nos habían recomendado el Restaurante Regional de Sintra, concretamente sus arroces, así que hicimos caso y nos comimos un exquisito arroz de marisco en este tradicional restaurante. De postre nos tomamos una Queijadas en una pastelería cercana, y proseguimos la marcha con el estómago bien lleno.


La siguiente parada, antes de llegar a Leiria, fue Peniche, el municipio más al oeste de la Europa continental. Este pueblo costero amurallado tiene mucho encanto y es perfecto para dar un paseo por alguna de sus playas. Pero lo que realmente nos cautivó fue el Cabo Carvoeiro, donde disfrutamos viendo como las olas chocaban contra las rocas y pasamos un buen rato caminando por el borde del acantilado, siempre con el faro de fondo.


DÍA 4. LEIRIA, TOMAR Y LLEGADA A COIMBRA


Despertamos en Leiria, una pequeña ciudad en el centro de Portugal. El principal atractivo allí es el castillo, en la parte más alta del municipio.

Castillo de Leiria

En este castillo medieval pudimos tener vistas magníficas a través de sus arcadas, desde donde contemplamos el bonito cauce del río Lis, que cruza esta ciudad. Además, la visita la hicimos prácticamente solos, ya que no es un lugar excesivamente turístico.


Posteriormente nos desviamos hacia el interior del país para conocer Tomar, también cruzada por un río, en este caso el Nabao. Allí nos entretuvimos paseando por los alrededores del cauce fluvial.


Pero si por algo es famosa Tomar es por el Convento de Cristo, Patrimonio de la Humanidad. Es un complejo espectacular y riquísimo que perteneció a la Orden del Temple y por el que mereció la pena el desvío. En aquel lugar nos recreamos recorriendo las diferentes estancias, iglesias y patios.


Aunque no acabo ahí la cosa, ya que en Tomar comenzamos a disfrutar de la arquitectura moderna, otro de los puntos fuertes de Portugal. En este caso nos detuvimos en la Casa dos Cubos, que destaca por su preciosa escalera en voladizo de hormigón visto, donde las formas geométricas rectas del interior contrastan con la arquitectura tradicional del exterior de este espacio cultural.

Preciosos callejones en Coimbra

Ese mismo día hicimos noche en Coimbra, donde llegamos con tiempo suficiente para establecer un primer contacto con la ciudad. Y qué mejor manera que pasear por el barrio más antiguo, donde se encuentra el Paço das Escolas, la Catedral y la Universidad, cuyo campus es también Patrimonio de la Humanidad.


Es recomendable perderse por los pequeños callejones, en busca de los paraguas que cuelgan entre los edificios, dando un toque muy original al recorrido. Tras esta primera y breve ruta por Coimbra, volvimos al alojamiento a recuperar fuerzas para conocer la ciudad de una manera más profunda al día siguiente.


DÍA 5. COIMBRA


Nos despertamos con ganas de conocer Coimbra, tras la buena impresión que nos había causado la noche anterior. Comenzamos el día en el Paço das Escolas, para admirar, a la luz del día, los preciosos edificios de la Universidad. Cruzamos la Porta Férrea y rodeamos el barrio antiguo para pasar por la catedral antes de bajar hasta los parques que se encuentran a orillas del río Mondego.

Universidad de Coimbra, Patrimonio de la Humanidad

Al lado del río encontramos el Museo del Agua, un bonito edificio de acero corten con plantas enredaderas que camuflaban la fachada, integrándola perfectamente con el entorno. Por pocos días no pudimos ver una exposición del arquitecto japonés Kengo Kuma, así que continuamos nuestro camino en paralelo al Mondego.


En el extremo sur del parque visitamos un precioso edificio, fruto de la colaboración entre Álvaro Siza y Eduardo Souto de Moura, el Pavilhao Centro de Portugal, que representó al país luso en la Expo de Hannover en el año 2000. Nos impresionó el cambio de materiales en función de la orientación de cada una de las fachadas.

Puente peatonal de Pedro e Inês, Coimbra

Si una cosa nos estaba encantando de Coimbra era el contraste entre la urbanísticamente caótica ciudad antigua y la ordenada y verde zona moderna. Entre ese verde destacaba el estrecho puente peatonal de Pedro e Inês, dedicado a la leyenda de los famosos amantes prohibidos de Coimbra. Sus barandillas de colores reflejaban la luz en el sinuoso recorrido hasta la otra orilla, donde se encontraba un parque infantil llamado Portugal dos Pequenitos.


Allí decidimos regresar a por el coche para conducir hasta el Polo II de la Universidad, repleta de modernas construcciones entre las que destacaba una residencia de estudiantes de Aires Mateus. A continuación marchamos hacia Aveiro, el lugar donde íbamos a pernoctar ese día. Allí llegamos con tiempo de relajarnos antes de acudir a un restaurante a probar los famosos pescados y mariscos de la zona.


DÍA 6. AVEIRO Y OPORTO


La parada en Aveiro tenía un objetivo principal, realizar el paseo en moliceiro, la tradicional barca que recorre los emblemáticos canales de la ciudad, y que antiguamente se utilizaba para recoger algas.

Recorriendo los canales de Aveiro en moliceiro

El tranquilo paseo en barca nos enseñó la belleza de la arquitectura Art Nouveau, representada en algunos edificios a orillas del canal. También nos explicaron los diferentes tipos de embarcaciones que se pueden encontrar allí y nos mostraron el barrio de pescadores de Beira Mar.


Fue una mañana encantadora que nos dió fuerzas para acomenter la siguiente etapa de nuestro road trip, la que nos llevó hasta Oporto.


El primer lugar que visitamos en Porto ya nos encantó. Fue la Estación de Sao Bento, cuyo interior repleto de azulejos nos recordó en cierto modo a la Estación del Norte de Valencia. Comenzamos la bajada hacia el Duero por la Rua das Flores, pero pronto nos desviamos hacia el Mercado de Sao Sebastiao, una bonita lonja con el techo ajardinado. A unos pasos de allí visitamos la Catedral de Porto, antes de encaminarnos definitivamente hacia el Puente Luis I, el punto más especial y emblemático de la ciudad.

Vistas de Oporto desde lo alto del Puente de Luis I

Las vistas son maravillosas tanto desde arriba como desde abajo del puente. Cruzamos a Vila Nova de Gaia para visitar alguna de las centenarias bodegas de vino de Oporto. Nos decidimos por Calem, donde aprendimos sobre este vino dulce y pudimos degustar algunas de sus múltiples variedades.


La zona está repleta de puestos y locales encarados al río, donde no desaprovechamos la oportunidad de probar el plato típico más conocido de Oporto, la Francesinha. Este sándwich nos resultó un poco pesado y difícil de comer, pero desde luego, con hambre no nos quedamos.

El puente de Luis I, por el que cruza el tranvía, en Oporto

DÍA 7. ARQUITECTURA DE OPORTO


Nuestro penúltimo día en Portugal decidimos tomárnoslo con calma y visitar únicamente algunos edificios de los más renombrados arquitectos portugueses, concentrados principalmente en los alrededores de la Avenida de Boavista, una larguísima calle de más de 7 kilómetros de largo que comunica la costa atlántica con el centro de Oporto.


Nuestra primera parada fue la Biblioteca Almeida Garrett, de Jose Manuel Soares, cuyo entorno ajardinando oculta sus rincones entre los árboles, dando una sensación de quietud que invita a la lectura y el estudio.

Facultad de Arquitectura de Oporto, de Alvaro Siza

A escasos 15 minutos encontramos la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Oporto, de Álvaro Siza. El edificio, de color blanco y formas geométricas rectas, tenía un aire industrial y estaba algo desangelado por ser día no lectivo, pero aún así nos hizo mucha ilusión estar allí. Seguidamente pasamos por al lado del Planetario, también de Soares, en nuestro camino hacia el lugar que más ganas teníamos de ver, la Casa de la Música, del holandés Rem Koolhaas.


En este edificio nos detuvimos mucho más tiempo, para hacer una visita guiada que nos pareció realmente interesante. Especialmente llamativo es el trabajo que este arquitecto desarrolló para conseguir una acústica casi perfecta en cada uno de los auditorios que componen el complejo artístico.


Partimos hacia Braga, donde pasaríamos la última noche de nuestra aventura lusa.


DÍA 8. BRAGA Y VIANA DO CASTELO


De Braga nos interesaba principalmente el estadio de fútbol, una preciosa joya arquitectónica de Souto de Moura, con un aspecto, en algunos sentidos, más de teatro que de campo de fútbol. Nos impactó como se había adaptado la obra a la pared de roca que, en uno de sus fondos, daba un aire totalmente distinto a lo que estamos acostumbrados en este tipo de recintos.

Estadio de fútbol de Braga

Mientras conducíamos hacia Viana do Castelo, nos prometimos que, si algún día el Valencia CF jugaba en ese estadio, haríamos todo lo posible por asistir.


En Viana do Castelo hicimos la última parada de nuestro viaje, para comer, visitar la Biblioteca Municipal, de Álvaro Siza, y disfrutar de este pueblo costero y de su bonita Avenida dos Combatentes da Grande Guerra.


Reflexionando sobre este viaje, quizá fue todo bastante rápido y no pudimos conocer en profundidad ninguna de las ciudades que visitamos, pero pudimos apreciar el contraste absoluto entre el sur, más caótico y abierto, aunque con un encanto especial, y el norte, algo más tranquilo y moderno. Portugal nos enamoró y nos sorprendió, quizá porque no esperábamos tanto de este viaje y descubrimos la riqueza de nuestro país vecino.



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