Correr el Maratón de Chicago, una experiencia inolvidable

Actualizado: may 13

Pocos correos electrónicos nos han producido tanta alegría como aquel que nos confirmaba que la diosa fortuna había estado de nuestro lado en el sorteo de plazas y nos había dado la oportunidad de correr el Maratón de Chicago 2019.


Y es que correr uno de los 6 maratones más importantes del mundo (Berlín, Boston, Chicago, Londres, Nueva York y Tokyo), también llamados majors, no es tarea sencilla. En la mayoría de ellos, los corredores amateurs tenemos que recurrir a multitudinarios sorteos o a agencias de viaje para poder formar parte del espectáculo. Nosotros habíamos conseguido derribar la primera barrera, la de obtener un dorsal para nuestro primer major.


Correr el Maratón de Chicago fue una experiencia inolvidable

Esa euforia se convirtió en pocos segundo en ilusión y ganas de organizar el viaje a la ciudad de los gangsters, que ya nos había encantado en nuestra primera visita, y más especialmente porque no íbamos a ir solos, sino junto a una pareja de amigos que también tenían una plaza para correr el maratón.


Pero por delante quedaban los meses más duros de un maratón. Y es que quien piense que lo más duro de esta historia es correr 42.195 metros seguidos es que nunca se ha preparado para ello. Los meses previos implican un sacrificio y una acumulación de kilómetros en las piernas que pueden llegar a minar la moral de cualquiera. De hecho, el último mes antes de la carrera, lo único en lo que podía pensar era en que llegara lo antes posible el momento de tomar la salida.


DÍAS PREVIOS


Incluso viniendo de una ciudad como Valencia, donde se celebra uno de los maratones mejor valorados del mundo runner, nos impactó el modo en que la ciudad de Chicago se vuelca con su evento, la manera en la que hacen sentir a cada corredor como la parte más importante de la carrera. Nosotros aterrizamos en el aeropuerto de O'Hare unos días antes, con la idea de aprovechar el viaje para recordar y redescubrir la ciudad. Posiblemente no fue la mejor forma de completar la preparación para el exigente reto que se acercaba inexorablemente, pero como se suele decir, "qué nos quiten lo bailao".


La ciudad de Chicago se vuelca con el evento

Dos días antes del día D aprovechamos la lluvia para abandonar nuestras visitas viajeras y acercarnos al McCormick Place, el punto de recogida de los dorsales y obsequios. Allí nos pasamos un par de horas alucinando con la cantidad de puestos que abarrotaban la feria del corredor, así como de la eficiente organización, muy característica de la forma en que se hacen estas cosas en Estados Unidos. Asimismo, Anna y Teresa también aprovecharon bien el tiempo en la feria y se hicieron con varios gadgets para animarnos durante la carrera de la forma más original.


Además, teníamos que hacernos con los dorsales para la 5K del día previo al maratón, una carrera popular que íbamos a correr los cuatro juntos, como aperitivo para la gran cita.


Pese al frío, la International Chicago 5K fue una gran forma de tomar contacto con las calles de Chicago y de ir conociendo las sensaciones que nos iban a acompañar a lo largo de los kilómetros 24 horas después. De la misma forma, Anna y Teresa disfrutaron mucho de la carrera y se hicieron una idea bastante clara de lo que significaba que una ciudad como ésta se paralizara para dejar pasar a unos cuantos loc@s en pantalón corto y camiseta.


El ambiente ya era espectacular ese día, así que ni nos podíamos imaginar lo que nos esperaba. Disfrutamos mucho atravesando lugares que habíamos estado visitando pocas horas antes con un intenso tráfico y llenos de turistas, hasta llegar a la meta ubicada en Millenium Park.


La International Chicago 5K fue el aperitivo perfecto para la gran cita

El resto de ese día, previo al reto, nos lo tomamos con mucha tranquilidad. Comimos en Lincoln Park antes de dar un agradable paseo por la orilla del lago Michigan hasta Navy Pier, justo antes de retirarnos a casa para comer una buena ración de pasta con tomate y atún e irnos a intentar calmar los nervios durmiendo, algo que no fue tarea sencilla.

EL MARATÓN


Bien temprano, alrededor de las 5.30 a.m, sonó el despertador que anunciaba que el gran día había llegado. Desayunamos zumo y unos plátanos, nos pusimos la ropa que habíamos dejado preparada la noche anterior y salimos a la calle, todavía alumbrada por las farolas y la luz de la luna, para tomar el autobús que nos llevó a la línea de salida. Llegamos con mucho tiempo de antelación, quizá demasiado, por lo que tuvimos que aguantar las bajas temperaturas a las puertas de una escuela universitaria, donde una pequeña farola nos calentaba ligeramente y las paredes nos protegían del viento y de los escasos 2ºC. Entre la ansiedad por comenzar a correr por las calles de Chicago y el frío, los minutos pasaron lentamente.


Los momentos previos a la carrera estuvieron marcados por el frío y los nervios

Cuando por fin vimos los primeros rayos de luz en el horizonte del lago Michigan decidimos salir de nuestro improvisado refugio y acudir a la zona de guardarropía, quitarnos la ropa de abrigo y acercarnos a nuestro espacio de salida. Los nervios, las arengas previas y el tradicional himno americano dominaron los momentos antes de ponerse a correr.


De repente nos vimos atravesando las calles de The Loop, el barrio más céntrico de la ciudad, rodeados de rascacielos y de público que no paraba de animarnos. La euforia hizo que los primeros 5 kilómetros pasaran de un plumazo. Aquí nos dimos cuenta que la altura de los edificios impedía la correcta conexión de nuestros relojes GPS, así que las referencias de ritmos iban a ser más complicadas que de costumbre. Por suerte, la temperatura había ascendido un poco y nos pudimos olvidar del frío matutino.


Cualquier rincón de Chicago se llena de música y gente animando a los corredores

Tras dejar atrás el canal nos esperaba una doble recta, que nos llevó a cruzar de sur a norte, y posteriormente de norte a sur, algunos de los barrios más famosos de Chicago. River North y Magnificient Mile dejaron paso en pocos minutos a Lincoln Park, donde habíamos estado paseando tranquilamente el día anterior. Pero sin duda donde más entretenidos corrimos fue en Boystown, el barrio LGTBIQ de Chicago. Allí no había un solo hueco en la calle que no estuviera ocupado por un escenario con actuaciones, un grupo de gente animando o una ingeniosa pancarta que nos sacara una sonrisa pese al esfuerzo.


La recta de vuelta se hizo un poco larga al final, casi llegando al kilómetro 20. Aquí ya nos habíamos dado cuenta que los días previos de mucha caminata, buenas comilonas y alguna que otra cerveza nos iban a pasar factura conforme avanzara la carrera.


Sin embargo, la ilusión de cambiar la dirección 90º hacia el oeste, lo que significaba acercarnos a nuestro alojamiento donde nos iban a animar nuestras parejas, nos ayudó a olvidarnos un poco del cansancio que empezaba a hacerse notar. Y allí estaban ellas, en Damen Ave., frente al Malcom X College, justamente en el punto kilométrico 25, para darnos un impulso que ni los mejores avituallamientos son capaces de dar.


Nuestras animadoras nos dieron la fuerza extra para completar el reto

Pocos minutos después volvimos a cambiar de rumbo, en este caso hacia el sur, donde aguardaba ansioso el famoso muro, ese momento de una carrera de 42 km en la que el esfuerzo realizado ya es casi extenuante, pero en el que todavía quedan 10 km más por salvar. Llegados a ese momento, comenzamos a marcarnos objetivos a corto plazo, sólo esperando que llegara el cartel que marcaba que quedaba un kilómetro menos o alcanzar el siguiente punto de avituallamiento.


La llegada al km. 35 se nos hizo algo más agradable atravesando Wentworth Ave., la avenida que cruza Chinatown. Allí nos distrajimos recordando el excelente hot pot que habíamos saboreado días antes en esta zona de Chicago. En cambio, ahora estábamos dejándonos hasta la última gota de energía para dar una zancada más. Cada kilómetro se hacía más complicado, pero gracias al apoyo mutuo fuimos dejando pasos atrás y, tras correr por una zona industrial bastante menos bonita llegamos al km. 37, donde la carrera daba un último giro de 180º en dirección al norte, hacia la meta.


Aquí comenzó el esfuerzo final, en la eterna Michigan Ave., cuya ligera pendiente ascendente se unió al famoso viento que da su apodo a windy city para convertir la aventura en algo todavía más duro. En el kilómetro 40, como si de una aparición se tratara, vimos a nuestras parejas de nuevo. Este subidón de moral nos proporcionó las energías justas para llegar al último tramo del recorrido en pie.


Los últimos metros se hicieron eternos

Pero cuando ya creíamos que habíamos superado todas las dificultades, el giro a la derecha en Roosevelt Road nos mostró la última pendiente que teníamos que salvar antes de colgarnos nuestra medalla de finisher. A mitad de la cuesta, que se nos estaba haciendo eterna, el corredor de delante nuestro tuvo que parar por un tirón en la pierna, ¡a solo 300 metros de meta!. Nosotros, en cambio, pudimos seguir, llevados en volandas por la emoción de acabar nuestro primer maratón major.


Cruzar la meta tras más de 42 kilómetros provocó una mezcla de sensaciones. La alegría por haber superado este reto se juntó a la emoción por el esfuerzo que había supuesto hacerlo y la tristeza porque esa experiencia increíble hubiera terminado "tan rápido". La organización, de nuevo, demostró un nivel altísimo y, en pocos segundos, habíamos recibido bebida, comida, nuestra medalla y un centenar de felicitaciones de los voluntarios que hicieron de este maratón una experiencia única.


La medalla de finisher fue el premio a un esfuerzo de casi 4 horas

Tras pasar por el guardarropía ya sólo quedaba festejar, hacernos fotos y bebernos una buena cerveza Goose Island tumbados en el césped del Millenium Park de Chicago, tratando de estirar un poco los músculos para que los efectos del esfuerzo se notaran lo menos posible en los días siguientes.


Y la cerveza Goose Island fue la mejor forma de celebrarlo

No sé si hubiera sido posible acabar esta carrera corriendo en solitario, ya que las sensaciones no fueron las mejores en ninguna de las casi 4 horas que duró la prueba. Quizá fue el cansancio acumulado, quizá la presión por la obligación moral de acabar una carrera a la que tanto tiempo y dinero habíamos dedicado, o simplemente el recuerdo de la mala experiencia en el Maratón de Valencia de 2018 hizo mella, pero lo que tenemos claro es que esos 42,195 kilómetros quedarán grabados para siempre en nuestras retinas. El Maratón de Chicago forma parte ya de nuestra vida viajera.

Como siempre, en Girando la Brújula confiamos en el

seguro de viaje de Mondo

Consigue un 5% de descuento en el siguiente link

Por último, os dejamos a continuación un pequeño resumen de la carrera que corrimos todos juntos el día previo al Maratón de Chicago, la International Chicago 5K:


#Deporte #EstadosUnidos #Running #Chicago #América

ÚNETE A GIRANDO LA BRÚJULA Y TE ENVIAMOS GRATIS NUESTRA GUÍA PARA ORGANIZAR UN VIAJE